miércoles, septiembre 30, 2026

Cómo fomentar la crianza positiva durante los primeros años

Más leídos

Inés Romero
Inés Romero
Inés Romero escribe sobre salud, nutrición, bienestar y crianza en Minuto Digital. Su trabajo acerca información útil y comprensible para el cuidado personal y familiar.

La crianza positiva propone educar a bebés y niños pequeños desde el vínculo, el respeto y unos límites claros, sin recurrir a la violencia, la humillación ni las amenazas. Este enfoque no significa dejar que el menor haga lo que quiera ni evitar todas las frustraciones. A lo largo del artículo se explica cómo trasladar sus principios a las rutinas, las rabietas y los conflictos cotidianos. También se repasan sus posibles beneficios, los errores más habituales y las situaciones en las que puede ser útil pedir orientación profesional.

Desde la experiencia: anticipar los cambios de actividad y ofrecer dos opciones concretas puede facilitar la cooperación en rutinas como el vestido, el baño o la salida de casa. Cuando aparece una rabieta, suele ser más viable priorizar la seguridad, reducir las explicaciones y retomar la conversación después. Al aplicar límites a bebés y niños pequeños, conviene ajustar las palabras y la intervención física a la edad y a la situación. La coordinación entre cuidadores puede ayudar a mantener respuestas previsibles, especialmente ante conductas peligrosas o agresivas.

Qué es la crianza positiva y qué objetivos persigue en los primeros años

La crianza positiva reúne prácticas de cuidado, protección, formación y guía que favorecen el desarrollo y el bienestar infantil. Tal como recogen las guías de UNICEF, este enfoque se relaciona con expectativas claras, atención a las conductas adecuadas y una disciplina respetuosa.

Durante los primeros años, criar en positivo significa tener en cuenta que un bebé o un niño pequeño todavía está aprendiendo a comunicarse, esperar, gestionar la frustración y controlar sus impulsos. Por eso, el adulto no se limita a exigir obediencia: acompaña, enseña y adapta sus expectativas a la edad.

El respeto no elimina la autoridad adulta. Una familia puede decir «no se pega», retirar un objeto peligroso o impedir que el niño salga corriendo a la carretera. La diferencia está en hacerlo sin golpes, insultos, ridiculizaciones, amenazas o castigos que busquen provocar miedo.

Tampoco equivale a la permisividad. Un niño puede llorar porque termina el juego y, al mismo tiempo, tener que recoger los materiales con ayuda. Validar la emoción significa reconocerla —«sé que querías seguir»—, no convertirla en una autorización para incumplir cualquier norma.

En la práctica, este enfoque persigue que el menor se sienta seguro mientras aprende normas, desarrolla autonomía y construye formas de relacionarse con los demás. La cooperación se busca mediante la conexión y la orientación, no mediante la obediencia constante o inmediata.

Principios básicos de la crianza positiva:

  • Vínculo y seguridad: responder a las necesidades del bebé y ofrecer una presencia previsible.
  • Respeto: tratar al menor como una persona, incluso cuando su conducta deba detenerse.
  • Límites claros: explicar qué no puede hacer y qué alternativa sí es posible.
  • Comunicación adaptada: utilizar palabras, gestos y tiempos adecuados para su desarrollo.
  • Guía en lugar de humillación: enseñar la conducta esperada sin etiquetar al niño como «malo».
  • Coherencia: procurar que los cuidadores mantengan unas normas y respuestas parecidas.

Lo que no es: no es negociar cada decisión, evitar cualquier llanto, premiar todo comportamiento ni exigir que los adultos mantengan la calma perfecta en todo momento. Tampoco es una fórmula para impedir todas las rabietas. Su objetivo es ofrecer una respuesta cuidadosa y firme, incluso cuando el niño está cansado, enfadado o aún no puede colaborar.

Cómo aplicar la crianza positiva en las rutinas diarias de un bebé o niño pequeño

La crianza positiva se aplica en las rutinas cuando el adulto anticipa lo que va a ocurrir, ofrece opciones limitadas y mantiene instrucciones breves y constantes. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades recomiendan estas pautas para niños de entre 3 y 5 años, entre ellas permitir que colaboren en tareas sencillas y ser claros y constantes al disciplinar. En bebés y niños más pequeños, estas orientaciones deben adaptarse a su capacidad de comprensión y desarrollo.

Con un bebé que todavía no habla, la comunicación se apoya en la voz, la mirada, los gestos y la anticipación. Antes de levantarlo para cambiarle, por ejemplo, se puede decir: «Ahora vamos a cambiar el pañal». Aunque no comprenda todas las palabras, la repetición ayuda a hacer la situación más previsible.

Con un niño que ya habla, conviene describir el siguiente paso sin ofrecer demasiadas alternativas. «¿Quieres ponerte la camiseta azul o la verde?» permite participar sin convertir el vestido en una decisión ilimitada. Si no escoge, el adulto puede decidir con calma y continuar.

Comidas: se puede avisar de que se acerca el momento de sentarse y ofrecer pequeñas responsabilidades, como llevar la servilleta. Es preferible evitar amenazas del tipo «si no comes, no habrá nada más» y centrarse en acompañar la rutina.

Sueño: una secuencia repetida —baño, pijama, cuento y despedida— ayuda a anticipar el final del día. La frase «ahora toca descansar; mañana continuaremos» marca el límite sin discutir durante largos periodos.

Baño y vestido: dar dos opciones válidas y utilizar instrucciones de una sola acción suele ser más manejable que encadenar varias órdenes. «Primero los calcetines» resulta más claro que «vístete de una vez».

Juego y recogida: avisar con tiempo reduce el cambio brusco: «Quedan cinco minutos y después guardamos». El adulto puede empezar a recoger junto al niño y reconocer su colaboración sin convertir cada acción en un premio.

Salidas de casa: antes de entrar en una tienda o en un parque, conviene explicar una norma concreta: «Vamos de la mano al cruzar». Si el menor se resiste, se puede detener la marcha y ayudarle físicamente de forma segura, sin tirones ni amenazas.

Frases útiles:

  • «Veo que estás enfadado. Te ayudo a parar».
  • «Puedes elegir entre esto o esto».
  • «Primero guardamos, después seguimos».
  • «No voy a dejar que te hagas daño».

Estas pautas no garantizan que el niño colabore siempre. Su función es hacer más comprensible la rutina y ofrecer una respuesta adulta estable, ajustada a lo que puede entender y hacer en cada etapa.

Cómo poner límites firmes sin gritos, castigos ni amenazas

Un límite respetuoso detiene una conducta que causa daño o no es adecuada y muestra al niño qué puede hacer en su lugar. UNICEF propone pedir la colaboración de los niños pequeños y establecer normas sin violencia.

  1. Protege a las personas y el entorno. Si un niño pega, muerde, lanza un objeto peligroso o intenta cruzar solo, el adulto interviene y aparta la mano, retira el objeto o bloquea el paso.
  2. Describe el límite con pocas palabras. «No voy a dejar que pegues» o «el vaso no se lanza» es más útil que un discurso largo.
  3. Reconoce la emoción. «Estás muy enfadado porque querías ese juguete» ayuda a poner nombre a lo que ocurre, pero no aprueba la agresión.
  4. Ofrece una alternativa. Se puede golpear un cojín, pedir turno con palabras o señalar lo que se quiere. La alternativa debe ser posible para la edad.
  5. Mantén la respuesta. Si el objeto sigue siendo peligroso, se retira. Si la actividad no puede continuar con seguridad, se interrumpe sin convertirlo en una amenaza.
Situación Respuesta adulta Error frecuente
El niño pega a su hermano Separar, proteger y decir: «No voy a dejar que pegues. Puedes decir “para”». Obligarle a pedir perdón mientras sigue desbordado o pegarle para que aprenda.
Hay una rabieta en público Reducir las palabras, acompañar y trasladarse a un lugar seguro si hace falta. Discutir delante de otras personas o amenazar con castigos desproporcionados.
Rompe o lanza un juguete Retirar el objeto si puede causar daño y explicar que se guardará hasta poder usarlo con cuidado. Destruir otro objeto del niño o etiquetarle como «malo».
No quiere recoger Dar una instrucción concreta y ayudar a empezar: «Guardamos estos coches juntos». Repetir la orden muchas veces y terminar haciéndolo todo con enfado.

Validar una emoción no obliga a mantener una actividad. Un niño puede estar triste porque termina el parque y el adulto puede sostener la salida. Una consecuencia relacionada con lo ocurrido puede ser útil si se ajusta a la edad, la situación y la conducta, sin buscar sufrimiento adicional.

Durante una rabieta, la capacidad para escuchar y razonar puede ser limitada. En ese momento suele ser más útil priorizar la seguridad y esperar a que baje la intensidad. Después, cuando el niño esté disponible, se puede hablar de lo sucedido y practicar una respuesta alternativa.

Los límites deben ajustarse al desarrollo. Un bebé no necesita una explicación extensa sobre las normas, sino protección, repetición y acompañamiento. Un niño que ya habla puede participar en la búsqueda de soluciones, aunque la responsabilidad última siga siendo del adulto.

Qué beneficios puede aportar la crianza positiva al desarrollo infantil y a la convivencia familiar

La crianza positiva puede favorecer una relación familiar basada en la seguridad, la comunicación y la guía constante, aunque no garantiza que desaparezcan las rabietas o los conflictos. El portal de familias de EINAsalut define este enfoque como una forma de educación basada en el respeto, el afecto y la comunicación.

Cuando el niño encuentra respuestas previsibles y sabe que el adulto pondrá límites sin dañarle, puede afrontar algunas rutinas con una mayor sensación de protección. Esto no significa que acepte todos los cambios sin protestar.

Nombrar emociones, describir lo que ocurre y enseñar frases sencillas puede ofrecer al menor recursos para pedir ayuda, expresar desacuerdo o esperar su turno. En los bebés, esa comunicación comienza con la respuesta sensible a sus gestos, sonidos y necesidades.

La autonomía aparece de forma progresiva cuando el adulto permite colaborar dentro de unos márgenes seguros. Elegir entre dos prendas, llevar una servilleta o guardar algunos juguetes son oportunidades de participación, no pruebas de independencia completa.

En la convivencia, las normas claras pueden facilitar la cooperación porque el niño sabe qué se espera y qué ocurrirá después. La mejora puede observarse en señales pequeñas: pedir ayuda antes de golpear, aceptar una transición con acompañamiento o recuperar la calma con menos apoyo.

Expectativas realistas:

  • La conducta puede mejorar de forma gradual, no de un día para otro.
  • Una respuesta respetuosa no evita el cansancio, el llanto ni las rabietas.
  • El temperamento, el sueño, el hambre y el estrés familiar pueden cambiar la manera en que el niño responde.
  • Los cuidadores también necesitan descanso, apoyo y normas que puedan mantener en la vida real.
  • Un retroceso puntual no invalida el trabajo realizado ni define la relación familiar.

Los posibles beneficios no deben interpretarse como una promesa de obediencia inmediata. Un niño pequeño puede comprender una norma y seguir incumpliéndola porque todavía está desarrollando el lenguaje, el control de impulsos y la capacidad de esperar.

La experiencia de cada familia también depende de sus circunstancias. No es lo mismo acompañar una rabieta con tiempo y apoyo que hacerlo tras una noche difícil o en una situación de sobrecarga. Por eso, las pautas deben adaptarse sin convertir la crianza positiva en una exigencia de perfección.

El objetivo razonable es construir muchas interacciones de cuidado y reparación. Si el adulto pierde la paciencia, puede reconocerlo, disculparse sin cargar al niño con su responsabilidad y volver a explicar el límite. Esa reparación también enseña cómo se solucionan los errores.

Crianza positiva, disciplina tradicional y permisividad: diferencias para elegir un enfoque

La crianza positiva se diferencia de la disciplina basada en el castigo y de la permisividad por la forma en que combina afecto, autoridad, límites y participación infantil. UNICEF plantea la disciplina positiva como una guía con expectativas claras y atención a las conductas adecuadas.

Aspecto Crianza positiva Disciplina basada en castigos Permisividad
Papel del adulto Guía y protege con firmeza y respeto. Busca controlar mediante miedo, dolor o humillación. Evita intervenir o sostiene pocas normas.
Normas Son claras, limitadas y adaptadas a la edad. Pueden imponerse con amenazas o castigos. Son cambiantes, ambiguas o inexistentes.
Emociones Se reconocen sin permitir conductas dañinas. Pueden reprimirse o considerarse una falta. Se aceptan, pero no siempre se orienta la conducta.
Conducta peligrosa Se detiene de inmediato para proteger. Se responde con una sanción que puede ser desproporcionada. Puede dejarse pasar si el adulto no quiere conflicto.
Consecuencias Guardan relación con lo ocurrido y buscan orientar una alternativa. Buscan que el niño sufra por haber incumplido. Con frecuencia no existen o dependen del cansancio adulto.
Autonomía Se ofrece de forma gradual y segura. Se espera obediencia o se decide todo por el menor. Se deja decidir más allá de lo que puede gestionar.

La tabla no describe familias perfectas ni estilos inmutables. Un mismo adulto puede responder con calma en una situación y gritar en otra por cansancio o falta de apoyo. Identificar la respuesta habitual permite escoger qué se quiere cambiar sin convertir la comparación en una etiqueta.

En un conflicto por un juguete, el castigo podría centrarse en quitarlo para hacer sufrir; la permisividad podría dejar que los niños se empujen; la crianza positiva separaría a los menores, protegería y enseñaría a pedir turno. El límite existe en los tres escenarios, pero cambia la forma de aplicarlo.

Una familia puede incorporar elementos concretos sin cambiarlo todo a la vez: reducir los gritos, definir dos o tres normas prioritarias, anticipar las transiciones y acordar entre cuidadores qué hacer ante las conductas peligrosas.

Conviene pedir orientación al pediatra o a un profesional de la salud mental infantil cuando los conflictos son persistentes, existe violencia frecuente, el agotamiento impide cuidar con seguridad o la familia no encuentra una respuesta que pueda mantener. La consulta no implica un fracaso: puede ayudar a adaptar las pautas a la edad y a las circunstancias.

Errores frecuentes al intentar criar en positivo y cómo corregirlos

Los errores al aplicar la crianza positiva suelen aparecer cuando las recomendaciones se convierten en exigencias rígidas o se interpretan sin tener en cuenta el desarrollo y el cansancio familiar. UNICEF recuerda que el estrés puede llevar a los adultos a gritar o pegar aunque no sea su intención.

  • Hablar demasiado durante una rabieta. Un niño desbordado puede no procesar una explicación larga. Alternativa: usar pocas palabras, proteger y retomar la conversación cuando se calme. «Estoy aquí. No voy a dejar que pegues».
  • Ofrecer opciones ilimitadas. Preguntar constantemente qué quiere puede aumentar la confusión. Alternativa: dar dos opciones válidas o decidir cuando la situación exige rapidez.
  • Cambiar el límite por agotamiento. Si una norma depende siempre de la resistencia del niño, pierde claridad. Alternativa: escoger menos límites y acordar de antemano cómo se sostendrán.
  • Exigir autocontrol adulto a un niño pequeño. Saber que no debe pegar no significa que pueda detenerse siempre. Alternativa: intervenir físicamente de manera segura y enseñar después una respuesta distinta.
  • Usar premios como única herramienta. Convertir cada colaboración en una recompensa puede desplazar la atención del aprendizaje. Alternativa: reconocer el esfuerzo, explicar la norma y participar en la tarea.
  • Olvidar las necesidades básicas. El hambre, el cansancio o demasiados cambios pueden dificultar la cooperación. Alternativa: revisar el momento, simplificar la rutina y pedir apoyo cuando sea posible.
  • Intentar ser una persona adulta «zen» todo el tiempo. La calma perfecta no es realista. Alternativa: reparar después: «He gritado y no ha estado bien. El límite sigue siendo que no se pega».

También puede ocurrir que dos cuidadores respondan de forma opuesta ante la misma conducta. No es necesario que utilicen exactamente las mismas palabras, pero sí conviene acordar qué conductas requieren intervención inmediata y qué consecuencias relacionadas con lo ocurrido pueden aplicarse en cada caso.

Una norma familiar breve puede ayudar: «En casa no nos hacemos daño; si estamos enfadados, pedimos ayuda». Después, los adultos pueden decidir cómo acompañar una agresión, una salida de casa o el uso de pantallas sin improvisar siempre en el momento más difícil.

Buscar ayuda es razonable cuando la violencia se repite, el adulto teme perder el control, el conflicto afecta de forma continuada a la convivencia o existen dudas sobre el desarrollo y la conducta. El pediatra puede orientar sobre la necesidad de una valoración y derivar a los profesionales adecuados.

La crianza positiva no exige responder perfectamente en cada ocasión. Consiste en revisar lo que ocurre, proteger al menor, sostener los límites importantes y recuperar el vínculo después de un desencuentro.

Preguntas frecuentes sobre crianza positiva durante los primeros años

¿La crianza positiva permite decir que no?

Sí. Decir «no» forma parte de la protección y de la educación. El límite debe expresarse de forma clara y, cuando sea posible, acompañado de una alternativa: «No puedes tocar el enchufe; puedes jugar con este objeto».

¿Qué hacer si el niño no obedece?

Primero hay que comprobar si ha entendido la instrucción y si puede cumplirla por su edad. Después, conviene acercarse, repetirla con pocas palabras y ayudarle a empezar. Si existe peligro, el adulto interviene sin esperar una obediencia voluntaria.

¿Cómo actuar ante una rabieta?

Hay que priorizar la seguridad, reducir las explicaciones y acompañar sin ceder en un límite importante. Cuando recupere la calma, se puede hablar de lo ocurrido y practicar qué hacer la próxima vez.

¿Se puede aplicar con un bebé que aún no habla?

Sí. En los bebés se aplica mediante cuidados previsibles, contacto, voz calmada, anticipación de las rutinas y respuesta a sus señales. No se espera que comprendan normas complejas ni que controlen sus impulsos como un niño mayor.

¿Qué ocurre si los cuidadores no responden igual?

Es habitual que existan diferencias. Ayuda acordar unas pocas normas esenciales, sobre todo las relacionadas con la seguridad, y utilizar respuestas coherentes ante las conductas más importantes.

¿Hay que evitar todas las consecuencias?

No. Una consecuencia relacionada con lo ocurrido puede ser útil si es proporcionada, se adapta a la edad y no pretende humillar, asustar o causar un sufrimiento ajeno a la conducta. Por ejemplo, si se lanza un juguete y puede romperse, se puede guardar durante un tiempo.

¿Cuándo conviene pedir ayuda profesional?

Es recomendable consultar si hay agresiones frecuentes, agotamiento intenso, miedo a perder el control, conflictos que impiden la vida familiar o dudas persistentes sobre el desarrollo. El pediatra o un profesional de salud mental infantil puede valorar el contexto y orientar.

La crianza positiva permite combinar dos objetivos que no son contradictorios: cuidar el vínculo y poner límites. La respuesta más útil será la que proteja, enseñe y pueda mantenerse de forma realista según la edad del niño y las circunstancias de la familia.

Fuentes

Inés Romero escribe sobre salud, nutrición, bienestar y crianza en Minuto Digital. Su trabajo acerca información útil y comprensible para el cuidado personal y familiar, con especial atención a los contenidos de orientación sobre crianza.

Más artículos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas noticias